Tartas de marihuana

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Marihuana

Un grupo de universitarios llenos de vida, probablemente también de valores y con todo un futuro por delante, el pasado fin de semana cometió la insensatez de buscar diversión zampándose una tarta de marihuana. Y con su error, además de poner en riesgo sus vidas y estar a punto de arruinar para siempre las de sus familiares y amigos, las tertulias se han llenado de pesimismo respecto a esta juventud, que es el futuro.

A los padres nos ha entrado de golpe el agobio, como se suele decir. Y yo, en concreto, siento ese peso en el cogote, que me obliga a estirarme hacia adelante, como si me doliera la espalda, cuando lo que realmente me duelen son mis hijos y la preocupación por descubrir cómo evitar que este tipo de cosas les sucedan a ellos.

Es ese sufrimiento inútil que inevitablemente va unido a la maternidad y a ese modo ‘tan tan tan’ de amar. Digo inútil porque no hay manera de asegurarnos que nada malo les pueda ocurrir (esto ni sería real, ni beneficioso para ellos, porque la vida está llena de cosas agradables y otras que no lo son tanto).

Por si a alguien le sirve, os diré que huyo de las afirmaciones que tienden al dramatismo. También os diré, que aunque no siempre lo consiga, intento no sufrir por adelantado. Es decir, intento evitar que las cosas que no han sucedido y que no sé si van a suceder me quiten el sueño.

Eso sí, lo que sí intento es sembrar en todas direcciones. Porque cuando el tema de la droga se pone de actualidad, las afirmaciones con sentido común están claras: “hay que prevenir desde pequeños”; “es importante que los adolescentes tengan una buena comunicación con sus padres”; “ la autoestima y la seguridad son fundamentales para que los chicos no se sientan obligados a hacer aquello que no quieran”; “tienen que ampliar sus horizontes de ocio para que sepan divertirse y emplear su tiempo libre de una manera sana”….

Y entonces, sí que nos entra el agobio. Queremos que esta receta sea la nuestra porque parece sensata y queremos conseguir todo esto en un día, de golpe. Pero no puede ser. Esto es cosa de años, una tarea casi artesanal, que no se consigue ofreciendo a nuestros hijos poco tiempo compartido, pero de calidad, como se dice en todas partes por activa y por pasiva.

En mi opinión no puede haber calidad, si no hay cantidad. Lo siento, sé que estoy siendo políticamente incorrecta, pero así lo veo yo. Porque la comunicación con los hijos no se trabaja cuando uno quiere. Ellos cuentan las cosas cuando éstas pasan por su cabeza. Si en ese momento estás delante te enteras, si no… pasó el tren. Porque para que a ellos les apetezca contar, tienen que sentir que a nosotros siempre nos apetece escuchar.

Hace unos días me encontré con una amiga que me preguntó, “¿Cómo estás?”. Yo llevaba tres noches durmiendo mal. Y tres es el tope, como digo yo. Le contesté una tontería: “Estoy muerta de cansancio. Voy flotando, como si me hubiera fumado un porro”. No sé por qué le dije eso, porque además jamás me he fumado ninguno. Ella estuvo más atinada y fue más valiente que yo: “Yo es que nunca me he fumado ninguno”, me dijo.

Respecto al tema de las drogas, creo que éste es un buen mensaje, aunque también políticamente incorrecto, porque en contra de lo que tanto se repite, no todos las hemos probado alguna vez. Hay mucha gente que no lo ha hecho nunca. No probar las drogas es una opción. De hecho la más recomendable y quiero que mis hijos lo sepan.

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