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¿Afecta el estrés a la fertilidad?

La pregunta se ha planteado cientos de veces en la comunidad científica. Hay defensores en los dos bandos, y aunque no hay duda de que la desesperación por no conseguir nuestro deseo nos puede poner nerviosos, los últimos estudios se inclinan por la segunda opción, la que dice que el estrés no ayuda a lograr el embarazo.

Fue la conclusión de una investigación de la Universidad de Chicago que apareció publicada en Reproduction. Tras medir en la saliva de las participantes los niveles de la enzima alfa amilasa, que es un indicador de estrés, los investigadores concluyeron que las mujeres que tienen un alto nivel de estrés tardan un 29% más en quedarse embarazadas.

En la misma línea se pronunció otro estudio, este publicado en la revista Fertility and Sterility. La investigación, llevada a cabo por científicos de la Univesidad de Oxford y del departamento de Salud de Estados Unidos, consistió en analizar a 274 mujeres de entre 18 y 40 años que querían ser madres. El seguimiento se realizó a lo largo de seis ciclos menstruales tras los que descubrieron que las que estuvieron sometidas a más estrés redujeron sus posibilidades de quedarse embarazadas un 12%. De nuevo los niveles de la enzima alfa amilasa y también el cortisol, ambos componentes del estrés, estaban más presentes en las mujeres que tardaron más en quedarse embarazadas o no llegaron a lograr el embarazo.

La razón que explicaría que el estrés suponga una dificultad para lograr la gestación es que la ansiedad puede provocar en el organismo alteraciones hormonales que afectan a la reproducción. De ahí que no sean tan poco frecuentes los casos de parejas que, sin una aparente causa fisiológica, no logran el embarazo y meses más tarde, cuando ya habían desechado la idea de ser padres, llegue el anuncio del futuro bebé.

Según los especialistas, independientemente de que el peso del estrés en la fertilidad sea mayor o menor, siempre es buena idea intentar apartarlo de nuestra rutina. Para lograrlo, hay algunas tácticas que funcionan. Como en casi todo, la teoría es más sencilla que la práctica pero solo intentarlo ya repercute positivamente en nuestro día a día:

  • Aprender a decir “no” a las tareas a las que no podemos llegar y evitar en lo posible la sobrecarga de trabajo, tanto en la oficina como en casa.
  • Organizarse estableciendo prioridades.
  • Dejar un tiempo semanal para el ocio y el disfrute.
  • Practicar ejercicio para liberar endorfinas.
  • Seguir una alimentación equilibrada que tanto nuestro cuerpo como nuestra mente agradecerán.
  • Disfrutar del presente y evitar en lo posible dar más importancia a lo que está por llegar que a lo que ocurre en este momento.

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