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La necesidad de establecer los límites

Los límites son necesarios para tu hijo. Le proporcionarán seguridad y le ayudarán a comprender dentro de qué márgenes puede moverse. Establecerlos será una de las tareas más importantes durante los primeros años de vida.

¿Te encuentras por primera vez ante el reto de marcarle los límites a tu hijo? ¿Temes ser demasiado autoritaria, pero también pasarte de blanda? ¿Cómo hacerlo? Con naturalidad y sin ningún tipo de complejos.

Del mismo modo que no dejarías que a tu hijo meta meter la mano en el horno o dare un trago a de la una botella de lejía, deberías marcarlele cuáles son las líneas rojas que no debe traspasar. Los niños precisan cariño, pero también unos límites claros, para sentirse seguros, protegidos y orientarse adecuadamente.

Pero dado que no en todos los casos encontraremos el límite de forma tan evidente como en el ejemplo del horno o el bote de lejía, habrá barreras que admitan cierta flexibilidad (por ejemplo: si los días de colegio apagamos por norma la tele a las 20:00 horas, podemos hacer una excepción el sábado porque haya algo especial que todos queramos ver). De todas formas, los niños entienden mal las excepciones. Así que cuanto más claro esté el límite, mejor.

Debemos establecer las fronteras de distinta manera en función de la edad:

  • Hasta los tres años, no tienen el razonamiento suficiente y necesitan algún tipo de intervención por parte de los adultos. A veces, a esta edad, los niños lloran o tienen rabietas porque están enfermos o tienen hambre o calor; porque están demasiado estimulados o porque se sienten abandonados. En estos casos puedes reconfortar a tu hijo, evitando que se sienta incómodo. Si no hay motivo aparente para el llanto o la pataleta, prueba distrayéndole con algo que le guste o reorientando su actividad.

Entre los 3 y los 8 años los expertos recomiendan:

  • Usar “cuando” y “entonces”, en lugar de emitir una amenaza: “Cuando recojas los juguetes, entonces podremos salir al parque”.
  • Dale instrucciones claras, en un tono amable: “Por favor, lávate los dientes ya”.
  • Cuando le pidas algo, hazlo de forma positiva: “Por favor, habla en un tono más bajo y calmado”, en lugar de decir “¡No grites!”.
  • Puedes ignorar algunos comportamientos que no sean peligrosos: cuando está quejica y lo discute todo, alguna palabrota o rabieta pequeña. En algunos casos, ignorar el comportamiento durante unos minutos serán suficientes para que tu hijo cambie de actitud. No siempre es posible, pero es mejor prestar atención a los comportamientos positivos que a los negativos. Deberás ser tú la que decida qué gestos pueden ser ignorados y cuáles no.
  • Distrae a tu hijo haciendo algo que le guste mucho: “Voy a prepararme para salir a dar un paseo” o “Papá ¿jugamos al ‘Uno’?”.
  • Alaba un buen comportamiento: “Me encanta cuando me hablas con cariño, en lugar de gritarme”.
  • Todo acto tiene unas consecuencias. Ésta es la regla de oro para establecer límites. Es lógica pura, y es mucho más eficaz que establecer castigos, que muchas veces no tienen ninguna relación con lo que queremos corregir. Por ejemplo, si tu hijo tira arena varias veces a otros niños en el parque, no podrá estar allí y tendrá que marcharse a casa; si rompe los juguetes de su hermano, perderá la oportunidad de jugar con esos juguetes; si pinta con rotuladores en la pared, no podrá utilizar rotuladores; si tardamos mucho tiempo en recoger los juguetes y en arreglarnos, no nos dará tiempo a salir a pasear.

Los límites dan seguridad en la medida en que indican los márgenes entre los cuales podemos movernos y ayudarán a tu hijo a crecer con equilibrio.