Acoso escolar

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La historia de R. de 15 años, a quien los servicios sociales de Castilla y León han reconocido una discapacidad del 33% por estrés postraumático, debido al bullying que ha sufrico durante años, ha vuelto a poner sobre la mesa el tema del acoso escolar.

Evitar el conflicto con otros padres o el miedo a ser tildada de pesada por los profesores hace que en demasiadas ocasiones caigamos en el “son cosas de niños”, “tienen que aprender a resolver sus propios conflictos” o “tienen que hacerse fuertes”, en lugar de pasar a la acción. Frases inocuas en sí mismas, pero perversas (porque las pronunciamos los adultos) cuando hablamos de situaciones intolerables e imposibles de manejar por nuestros hijos a determinadas edades.

Intento que en estas líneas siempre se cuele algo de humor, pero hoy me pongo seria.

Los niños no deberían sentirse jamás inseguros en el colegio, el lugar que ellos asocian al aprendizaje. Los ataques de todo tipo, los chantajes o las amenazas, cuando se repiten día tras día con la misma persona, no se deben tolerar.

Estar al corriente de todo cuanto acontece tanto en las aulas como en el patio es imposible para los educadores de los centros, pero si los padres no nos “hacemos los longuis” con los temas incómodos, es más fácil alcanzar lo que parece imposible abarcar en solitario. Y mi experiencia es que en más de una ocasión pecamos por omisión. Es decir, que nos quedamos de brazos cruzados, mientras van pasando los días, las semanas, los meses y los cursos. Mientras esperamos que unas vacaciones de Navidad o un verano terminen con las envidias, los celos o el liderazgo mal gestionado, que en ocasiones hay detrás de estas situaciones violentas. Pero el tiempo “que todo lo cura”, en este caso juega en nuestra contra.

En el mundo real de los adultos hay gente de todo tipo y cada uno con nuestro carácter hacemos lo que podemos para alcanzar el equilibrio entre la necesidad de poder confiar en el prójimo y la de estar alerta, para que no nos tomen el pelo a la menor. Para que no nos tiemble el labio ante el primer grito y para que nuestro gesto no refleje siempre lo que pensamos. Pero los niños son niños y no es bueno que se acostumbren cada vez a mayores grados de agresividad. Y me asustan los niveles que en ocasiones se alcanzan en el patio del colegio, que en el fondo son reflejo de los niveles que hay en el resto de ámbitos de la sociedad.

Mis hijos llevan tatuado en la piel que no se pega, siempre se comparte, que hay que perdonar y que en casa nunca se agotan las oportunidades de empezar de nuevo, pero ¿cómo sobrevivir en el patio del colegio sin renunciar a los principios? ¿Cómo debemos actuar los padres cuando tenemos sospechas de que algo no va bien? Desde luego, quedándonos quietos no. Y no hay una única respuesta. Ni todos los padres somos igual de razonables, ni todos los profesores igual de sensibles, ni todos los días tenemos la misma habilidad para decir las cosas. Cada uno sabe con qué herramientas cuenta para que la historia de R. no se repita.

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