El difícil equilibrio

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El difícil equilibrio

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No han nacido todavía pero ya lo tenemos todo a punto. Una habitación para ellos con un bonito mobiliario y colores suaves en las paredes que les transmitan tranquilidad.

También ropa para los primeros meses. Cuna, minicuna, carrito, silla de coche y hamaca. Bañera, parque y trona. 

No han nacido aún, pero sus cosas ya ocupan buena parte de la casa.

Recuerdo -y no puedo evitar dejar de darle a la tecla para recordar con nostalgia el momento- cómo mi marido y yo decidimos no comprar una mesa baja para el comedor "porque tenía picos". Nos cambiamos de casa, estando embarazada de mi hijo mayor y de repente todo giraba en torno a Ángel.

Los primeros meses pasan volando y en el momento en el que se hacen un poco autónomos empiezas a cubrir con gomaespuma las esquinas y a guardar en cajas o poner en alto todo aquello que pueden romper o con lo que se pueden hacer daño.

Inevitablemente todo sigue girando en torno a ellos. Pero llega un momento en el que deberíamos poner un poco de cabeza en medio de tanta locura y hacerles ver y sentir que no son el centro. La crianza está cuajadita de cambios de tercio y en mi opinión éste es de los más difíciles de prever.

La necesidad de este ajuste siempre nos pilla con el pie cambiado. Nos hacemos los remolones dejándonos llevar por lo que venimos haciendo o por los picos de fiebre y las vomitonas. El día a día con niños puede ser muy "achuchado". No es sencillo distanciarse un poco de las urgencias y pararse a pensar.

Hasta que llega un día en el que asentimos escuchando una entrevista de alguien que tiene gracia para poner palabras a eso que intuimos, es el maestro el que con mayor o menor delicadeza nos presenta una verdad como un castillo o una noche al límite del cansancio y entre lágrimas tu pareja y tú os lamentáis de haberos perdido la pista el uno al otro porque ya no tenéis tiempo para hablar, ni para salir una noche.

Y como le decía ayer a alguien a quien quiero mucho, cuando se pierde la paz o la sonrisa, toca mover ficha. 

A mí me ha encantado, mientras mis hijos han sido pequeños, que el espacio de casa esté adaptado a ellos, que tengan a su alcance las cosas con las que pueden jugar o aprender, que sientan que siempre estoy ahí para escuchar y que son mi prioridad. Pero también creo que llega un momento en que es muy sano que sientan que en casa no todas las necesidades son las suyas, ni afectivas, ni comunicativas, ni de ocio, ni materiales. Porque además de padres y madres somos esposos, profesionales, hijos, hermanos y amigos, con todo lo que ello conlleva.

El domingo de San Valentín, sin ir más lejos, mis hijos mayores me sorprendieron gratamente aceptando sin protestar irse a la cama un poco más pronto de lo que suelen hacer un domingo, para que su padre y yo pudiéramos ver juntos una película. No es una batalla ganada, ni mucho menos. Pero bien está, lo que bien está ¿no os parece?

Se habla mucho del riesgo de sobreproteger en el que caemos los padres de esta generación, sin que sepamos muy bien en qué consiste semejante pecado. Creo que en parte, cuando les hacemos creer eternamente que son el centro de la casa, les hacemos un flaco favor. @amparolatre

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