Halloween y los disfraces

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Halloween

A finales de octubre, con la omnipresencia de la temática Halloween, raro es el año que no toca un cumpleaños temático o una fiesta improvisada a la que hay que ir vestido de zombi, bruja o calabaza.

Disfrazarse parece a priori divertido, pero yo os cuento lo que me sucede con Irene, por si le ocurre a alguien más.

¡Que nadie se sienta solo en el mundo mundial, por favor!

Hay niños más transparentes y otros menos, sin que esto quiera decir que son falsos. Tratándose de niños la falsedad está descartada de entrada. Digamos que algunos tienen más recovecos que otros en su maravilloso mundo. Y mi chica mediana tiene una riqueza interior inmensa; así que con frecuencia las cosas no son lo que parecen. Ella es extrovertida y segura. No es nada tímida y por eso durante años nos ha pasado desapercibido lo vergonzosa que puede llegar a ser.

Aunque a veces, como todo hijo de vecino (porque lo de llamar la atención no es patrimonio de los niños) actúa de una determinada forma para que nos fijemos en ella, lo cierto es que en general, que la miren es algo que le disgusta. No le gusta llevar coletas porque piensa que le van a decir que está guapa y durante mucho tiempo, por el mismo motivo, tampoco ha querido llevar vestidos. Eso pasó a la historia, porque el fascinante mundo de Nancy pesa más que la vergüenza. Sin embargo, continúa sin querer pintarse la cara o disfrazarse.

Estos días, le gusta pararse a ver los trajes de brujas de los escaparates y quiere saber cómo lograr esos efectos tan aterradores que consiguen ciertos maquillajes; ahora bien, que nadie la invite a un cumpleaños temático porque Irene irá con vaqueros, como mucho con un vestido.
En casa la historia cambia. De vez en cuando le gusta disfrazarse y a menudo coquetea con tal o cual peinado, siempre que no sepa que la estamos viendo.

Después de animarla en más de una ocasión a que se lanzara, hemos decidido, que hasta aquí hemos llegado. En la vida hay muchas cosas que hay que hacer por obligación, pero disfrazarse no es una de ellas. Y sobre todo, el objetivo en estos casos es divertirse. A ver si vamos a estropear una tarde de fiesta por una tontería.

Además, de todo tiene que haber en la viña del Señor. Lanzados, recatados, desinhibidos y vergonzosos. En casa intentamos poner el acento en la educación. Aunque dé vergüenza se saluda al entrar, se despide uno al marcharse y el mejor truco para terminar con la típica escena en la que con todo el cariño alguien te dicen lo guapa y lo linda que estás, es dar las gracias amablemente. Desde que lo ha descubierto, Irene está feliz. Cuando alguien la piropea, ella da las gracias y sale zumbando.

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