Junio: viviendo al día

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Junio

Siempre lo digo y últimamente no hago más que repetirlo: junio es brutal. Y quien no lo viva así que levante la mano.

Fundamentalmente por el cambio de horario en los colegios, que en mi caso convierte en ‘un imposible’ salir de mi trabajo a la hora, comer a la hora de comer y no a la de merendar y recoger a mis hijos antes de las tres. Pero oye, van pasando los días y no tengo la sensación de estar sobreviviendo, sino de estar saliendo airosa de este último examen.

Entiendo que hace calor, que los niños están cansados y también que en los colegios necesitan dedicar tiempo, a esta altura del año, para revisar el trabajo de meses y preparar el próximo curso. He crecido en una familia de docentes y me rebelo cuando se habla con demasiada alegría del horario de los maestros o de las vacaciones. El que lo quiera para él, que oposite y se lance a la aventura. Ánimo.

Es una profesión agotadora tanto mental como físicamente, así que yo entiendo que el ajuste del horario sea imprescindible para, según qué cosas, pero resulta que en mi trabajo, en junio el ritmo no baja de intensidad. Y entonces…. el encaje de bolillos solemos terminar haciéndolo poniendo en riesgo el descanso o el bolsillo.

¿Qué cómo lo estoy llevando? Pues creo que bastante bien. Mentalmente me preparo viviendo al día y solo cuando la jornada lo permite, miro un poco más allá. Esta es mi regla número uno para este mes.

En segundo lugar, cuidando todo lo que puedo mi alimentación (que he de reconocer que no es mi fuerte). Suelo comer a la hora de merendar, pero ningún día me salto la comida y aprovecho que en esta época hay fruta tan apetecible, para tomar más raciones de las que suelo, sobre todo de cerezas. Qué vicio tengo con ellas.

Y en tercer lugar, enviando señales de humo al círculo de madres con las que más confianza tengo para pactar el ‘hoy por ti, mañana por mí’. De momento no he tenido que recurrir a nadie, pero me da tranquilidad saber que están ahí.

Este año nosotros hemos optado por no invertir ni un euro en alargar la jornada de los peques, porque las opciones que teníamos más a mano no nos convencían. He descubierto que las tardes transcurren con más tranquilidad de lo que pensaba. Al llegar a casa yo estoy muerta y hambrienta, pero ya estamos ahí. Irene, me sorprende cada día sentándose a escribir historias o encerrándose a jugar en su habitación. Y Ángel ampliando su repertorio de magia con un par de libros que le han regalado para su Primera Comunión. Mientras, yo repongo fuerzas y todavía queda tiempo para, simplemente estar tirados en el sofá contándonos cosas. Y eso es relajante, muy relajante.

Pero, dicho todo esto y a pesar de que lo estoy llevando mejor de lo que pensaba a priori, creo que nos movemos demasiado poco. Los colegios, el Ministerio, las asociaciones de padres, ¿qué sé yo?, deberían tomar cartas en el asunto, porque el ajetreo de junio es un despropósito. ¿No sería posible que los niños tuvieran el mismo horario también en junio, aunque las clases terminaran a mediodía? Si esto supone un coste añadido ¿no se podría buscar algún tipo de solución a través de las Asociaciones de Padres? En muchos centros hay fórmulas que funcionan. Deberían generalizarse.

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