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Arranca el juicio Madrid Arena. 

Y aunque son los protagonistas de otro famoso caso judicial los que se llevan la palma y los focos, yo no puedo dejar de pensar en los padres de las jóvenes que perdieron la vida hace tres años en la fiesta del Madrid Arena.
“Es duro ver que tu hija está en una urna y los responsables de su muerte en sus casas”, afirma hoy en una entrevista Isabel de la Fuente, madre de Cristina Arce, una de las víctimas.

Tiene pinta de que cualquier cosa que determine la justicia nos parecerá injusta. La Fiscalía ha pedido cuatro años de cárcel para el máximo responsable de la tragedia y los cálculos humanos son inevitables: no llegará a cumplir ni un año de cárcel por cada víctima mortal.
La justicia nos parecerá, una vez más, un poco injusta, lenta y olvidadiza. Pero una tragedia como la del Madrid Arena nunca es responsabilidad de una sola persona, por mucho que a un empresario (valga la expresión para entendernos) le importaran mucho más los miles de euros que las miles de vidas en juego. Lo que pasó fue fruto de una sucesión de irresponsabilidades en cadena, incluidas connivencias políticas antes de que sucediera y una pésima gestión cuando por desgracia sucedió.
Por eso, porque estamos hablando de irresponsabilidades, no es tanto la obcecación legal, y lo que la justicia acierte, lo que debe más debe preocuparnos. Es, sobre todo,una cuestión moral.

A mí se me encoje el alma porque en este momento de mi vida mi marido y yo hacemos que nuestro tiempo de ocio y el de nuestros hijos, en la medida de lo posible apunte en la misma dirección, pero tenemos los días contados. Ángel tiene once años y dentro de nada querrá hacer vida aparte. Ley de vida.

El riesgo cero no existe, pero para aproximarnos a él todo lo que esté en nuestra mano es en la tarea de la educación moral en la que debemos pelear sin descanso. Que se haga toda la justicia posible, pero como hay cuestiones que quedan al margen de las sentencias y las penas y que son las que están en el fondo del asunto, pidamos reparación moral de los daños y pongámonos nosotros también manos a la obra.

Que los responsables, sean condenados o no por la justicia, digan, de verdad, que lo sienten mucho, que se han equivocado y que harán todo lo posible para que no vuelva a suceder.

Que los padres acompañemos siempre a esos otros padres, las víctimas, que una sociedad sana no puede dejar en el trastero. Que nuestros hijos aprendan de nosotros que las personas no son cosas, que donde caben mil no se pueden meter dos mil, porque lo dicen la Física y los principios éticos más elementales. Saber todo esto les vendrá bien, por si ahora, cualquier día, tienen que decidir cómo divertirse y el día de mañana (¿quién sabe?) tienen que decidir, como empresarios, cómo organizar una fiesta.

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