Mi día de huelga

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Mi día de huelga

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Plastilina

A Irene es mejor escucharla cuando ella no sabe que lo estás haciendo. Entonces descubres que en la habitación está todo por el suelo porque hay un terremoto en ese mismo instante. Aunque lo más habitual es que haya celebraciones: bodas y cumpleaños fundamentalmente. Entonces coloca a todos los muñecos sentados para la ocasión y de repente la oyes decir: ‘Yo os declaro marido y mujer’.

Ayer después de desayunar le decía cosas a Sara y arrimé el oído: ‘Sarita ya sé qué pareces. Pareces un bichobola gigante’. Qué impresión me dio. Así empecé yo mi día de huelga.

Haya o no haya huelga, en esta etapa de mi vida, mis días son bastante parecidos. Voy a ritmo de toma, pero la peque se va regulando y empieza a darme algo de margen. Ayer hacía un día estupendo, así que decidí romper la monotonía y dar un paseo por el Retiro, antes de ir a recoger a Ángel e Irene al colegio. El día apuntaba bien.

Los mayores se alegraron mucho de verme en la puerta con su hermana y poder enseñársela a compañeros y profesores. La nariz de Sara causó sensación.

Y a partir de este momento, el día se puso muy emocionante. El objetivo era volver a casa, pero ¿cómo? Los autobuses tardaban mucho en pasar y cuando lo hacían Ángel e Irene comprobaban derrotados que el carrito de Sara no cabía.

17.30 horas, dos niños autónomos, pero cansados; un control de “Cono” que preparar para el día siguiente y una bebé a la que le tocaba comer. Pensé que nos podíamos permitir coger un taxi. Empezamos a levantar la mano, pero no paraban. ‘¿No nos ven, mamá?’, decía Ángel. Recordé entonces que una amiga con tres niños me dijo un día que a partir del tercero hay que descartar este medio de transporte y más si vas con carro: ‘Salvo algún taxista padre de familia numerosa, no paran’. No sé si será cierto o no, pero los de ayer, desde luego, pasaban de largo.

‘En marcha, chicos. Hoy volvemos andando’. Lo que en autobús son cinco minutos, con los tres se convirtió en un paseo de media hora larga, pero la huelga dio mucho juego: helicópteros, ambulancias, coches de policía… Hablando, hablando (sobre la crisis, claro, y las distintas formas con las que las personas quieren arreglar el mundo) llegamos a casa, casi sin darnos cuenta. Yo iba pensando que las tardes con los tres van a ser de lo más divertidas, pondrán mi paciencia y mi creatividad a prueba. Todo un reto.

Dio tiempo a hacer deberes, preparar el control sobre los cinco sentidos (siempre me parece que falta el sexto que tenemos que tener las madres y que no estaría de más estudiar) y hablar un poquito con cada uno de ellos. ¡Prueba superada!

Cuando Isidro llegó a casa y nos contamos nuestros respectivos días tuve que reconocer que había sido duro. No diré que fue fácil, pero la verdad es que al final de la jornada me sentía genial. Quizás fue la dificultad y sobre todo descubrir que era capaz de ir resolviendo la tarde, lo que me hizo sentir así de bien.

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