Por fin, de vacaciones

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Faunia

Por fin llegó el día. Nos vamos. Después de un curso cuajadito de retos y un mes de julio como el que hemos tenido este año (no hace falta decir más) ha llegado el momento de coger maletas y partir rumbo al Mediterráneo.

Salimos con solo una maleta para los cinco. Bueno, un maletón, pero tiene mérito. Soy una artista simplificando. Yo en concreto comienzo las vacaciones con mucho cansancio, tanto físico como mental. Así que el objetivo de la primera quincena de agosto es dormir siesta a diario, precedida de un rato de lectura. Sé que no tiene mucho glamour este propósito, pero no os imagináis el atractivo que para mí tiene semejante plan.

Este año me siento un poco más salmón que de costumbre y he de decir que eso me está dando una especie de misteriosa energía.

En contra de lo que marca la moda, no he buscado ningún campamento de robótica, inglés o scrap. En julio mi marido y yo, como tantas parejas hemos continuado con el ritmo habitual de trabajo. Mientras, nuestros tres polluelos han estado en casa junticos y revueltos durante todo el mes. Aburriéndose para divertirse después. Algo que se ha traducido, entre otras cosas, en conciertos nocturnos, que han pasado días enteros preparando.

En contra de la aparente tendencia en redes sobre el tema de los deberes, han trabajado todas las mañanas durante un rato. Sin traumas. Han leído (os recomiendo “La lección de August”, libro con el que Ángel, de once años, se ha enganchado a la lectura un poco más), han escrito (Irene está escribiendo “su primer” libro), han repasado tablas e inglés… El día es muy largo y hay tiempo para todo.

Y en contra de lo que varias personas nos invitaban a hacer, no hemos mandado a ninguno de los tres peques a pasar unos días fuera de casa con abuelos y demás familia. La intención era buena: que descansáramos, después de un curso de tute bestial, con mudanza incluida. Sin embargo, lo que nos pedía el cuerpo y la mente es que estuviéramos los cinco juntos, sin tensiones, sin hacer nada extraordinario, pero disfrutando viendo pelis juntos, bañándonos en la piscina, haciendo una tarta de chocolate blanco o yendo al cine. Disfrutando de una convivencia relajada, con margen para improvisar, trasnochar o simplemente estar.

El jueves sin embargo, sí hicimos algo como preludio de las vacaciones, que se sale de nuestra rutina. Irene cumplió un sueño y canjeó el vale que los Reyes Magos le dejaron el pasado mes de enero para bañarse con osos marinos en Faunia. Fue una experiencia increíble que recomiendo a niños y mayores.

Dice mi marido que estamos educando niños contraculturales. No lo sé. De hecho no sé si eso es posible, porque todos somos en parte hijos de nuestro tiempo. Pero lo que está claro es que este año me siento más salmón que nunca. Nadie como los padres sabemos lo que es mejor para los hijos en cada momento. Es bueno escuchar a gente que te quiere y aconseja o buscar ayuda de expertos cuando hay un tema que se nos resiste, ya sean las operaciones con fracciones (¡gracias papá!) o las rabietas. Pero los matices y la letra pequeña de la familia solo la conocemos los padres, que somos los que debemos llevar las riendas, nadie más.

Por cierto, solo añadir que lo de dormir siesta a diario durante las vacaciones tiene truco. Con tres niños sería imposible, de no ser por los abuelos, que son los que se ocupan de todo mientras yo me lanzo en plancha sobre la cama. ¡Gracias a todos!

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