Qué juego da el bus

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Bus

Ya os he contado en alguna ocasión que por la ciudad, suelo moverme con transporte público. Puedo organizarme con más facilidad y calcular mejor cuánto tardo en llegar a los sitios; aprovecho el tiempo para hablar con Ángel e Irene y comentar cosas y como vamos acompañados… si surge alguna dificultad siempre hay alguien que te echa un cable.

Viajar en bus es una opción, y como todo en esta vida, tiene una cara y una cruz. Según los días, las horas, y sobre todo, las personas, el viaje resulta “agri” o “dulce”.

Normalmente despotrico de los conductores. No sé si será porque voy con carro o qué, pero me parece muy brusco el modo de conducir que tienen. Pero, hace unos días, le contaba a mi marido con guasa que casi me echo a llorar por el alarde de delicadeza del “autobusero” como diría Ángel.

Al subir y después de darme las buenas tardes, me preguntó que si bajaba el aire. “Lo digo por el bebé”, dijo. Casi me entra la risa floja, porque la verdad es que no me tienen acostumbrada a estos gestos.
Al bajar me fui directa a un cajero y de repente, veo que tengo al conductor a mi espalda. ¡¡Se había bajado del bus para acercarme un zapatito de Sara que se nos había caído!! Increíble.

Prometo que no exagero ni un ápice. Podría decir que era alto y guapo, pero no lo voy a hacer (os dejo con la curiosidad de saber si además de atento era apuesto), simplemente describo los hechos. Esto sucedió a la típica hora en la que ya estás un poco cansada y aún te queda toda la tarde por delante, con sus previstos y también sus imprevistos. Vamos que casi me echo a llorar, ante tanta deferencia.

Ayer sin embargo, la experiencia no fue agria, simplemente desesperante.

Dicen que a la tercera va la vencida y ayer sucedió así. Pasaron tres autobuses de la línea que solemos utilizar para volver a casa del colegio, hasta que pudimos subir en uno. Los que no tenéis niños me diréis, que por qué.

Por motivos de seguridad, no puede haber más de un carrito de bebés en el interior. Y suele suceder en horas punta, es decir coincidiendo con las horas de entradas y salidas de los colegios, que después de esperar un rato ves que el ansiado autobús ya lleva un carro y te toca esperar el siguiente.

A la escena de ayer hay que añadir que como ya tenemos jornada intensiva Ángel e Irene estaban agotados y como dos tomates, después de estar una hora corriendo al sol. Los pobres resoplaban desesperados cuando también en el segundo autobús ya había un cochecito dentro. En fin, dicen que “no hay mal que por bien no venga”. Supone todo un entrenamiento para la paciencia. Ayer aprendimos además eso de que “a la tercera va la vencida”.

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