Retales navideños

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Sara

La Navidad nos regala muchos momentos especiales, que corren el riesgo de caer en el olvido si no buscamos el modo de inmortalizarlos.

En nuestro caso este año se daba un hecho excepcional, ya que no todos los años hay un recién nacido en la familia. Mi sobrina Queralt, nació el pasado 8 de diciembre y la vimos por primera vez el 2 de enero. No puedo describiros las reacciones de Sara, de dos años. La convivencia entre ambas peques, da para varios posts, pero creo que mi descripción jamás podría hacer justicia a lo que ha sido ver a Sara en acción, dándole las buenas noches a su prima o lamentándose con su lengua de trapo (“¡no vayas Queyal!”) cada vez que sus padres se la llevaban.

A los mayores les pedimos que respetaran los ritmos de la peque y les sugerimos que no llevaran la iniciativa a la hora de cogerla. Ha sido bonito comprobar que les bastaron unos segundos observando a sus tíos y a su prima, su primera prima hermana, para descubrir lo frágil que es la vida y entender perfectamente que la situación requería sumo cuidado. Estos días de convivencia lo han hecho muy bien. Saber esperar les permitió saborear mucho más el momento en el que pudieron sostener a Queralt en sus brazos.

“Me encanta mi familia”, me decía Irene la tarde de Reyes cuando nos dirigíamos al Puerto de Castellón, mi tierra, donde SS.MM.RR.OO llegan en barco cada año. Y me llamó la atención que me lo dijera precisamente en ese momento, porque había sido un día de cierto barullo, con mucha gente en casa, mucho trabajo y, consiguientemente, más tensión de la deseable.

Pensé que a veces, precisamente cuando las cosas no salen como nos gustaría y estamos digiriendo los errores cometidos y aceptando las propias limitaciones, nos cargamos con el agobio añadido de no ser la familia perfecta. Sin embargo, Irene, con esa habilidad que le caracteriza, supo apuntar en la dirección correcta.

¿Acaso hay alguien que haya nacido en una familia inmaculada? Esta idea me hizo suspirar aliviada porque supongo que la aspiración debe ser la de que cada uno, en casa, se sienta querido y apoyado por encima de todo; no la de acertar siempre.

Y al hacer balance de estos días de encuentro en los que los anfitriones siempre trabajan de lo lindo, me siento muy agradecida a esos abuelos que piensan en los que desayunan leche entera, pero también en los que se han pasado a la soja o a la de almendras. También al tío que llega de EE.UU con ganas de trastear a sus sobrinos aquí y a allá. Al cuñado, que es capaz de encandilar al personal y hacer que dejemos una peli a medias para preparar natillas para quince y que, cuando hay marejada con los peques se acerca discretamente y suelta un: “¿hay algo que pueda hacer por aquí?”. Este chico tendrá algún defecto, digo yo.

Este año teníamos la pena de que era la primera Navidad “no mágica” para Ángel, que se hace mayor. Pero si su grado de nerviosismo pudiera medirse, diría que a ratos ha estado más nervioso si cabe que en años anteriores. Alucinado de la doble vida de los adultos y de cómo nos escurrimos unos y otros para comprar, envolver y colocar los regalos. Unos cuellos personalizados con sus nombres y el escudo de su colegio han sido uno de los regalos estrella, aunque sin duda la ovación más grande la escuchamos cuando Irene leyó su “Vale por un baño con osos marinos en Faunia en el mes de abril. Irene deberá ir acompañada por un adulto”. Y… ¡yo he sido la afortunada! En Primavera os lo cuento.

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