Ser padres

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En medio de mi acelere diario me he acordado de una amiga, que está a la espera de tener que salir en cualquier momento disparada al hospital.

En medio de mi acelere diario me he acordado de una amiga, que está a la espera de tener que salir en cualquier momento disparada al hospital.

Está feliz, pero se encuentra regular, pesada, con muchas molestias e intentando interpretar todas esas señales que una siente al final del embarazo mientras el bebé, poco a poco va abriéndose paso.

Supongo que ella y yo, ahora mismo, somos la antítesis. Yo menuda, más bien flacucha ella inmensa, a punto de estallar. Yo ágil, convertida en mujer multitarea, haciendo la cena con el ojo y la mano derecha, mientras vigilo a Sara con el rabillo del otro ojo y a la vez que le voy indicando cómo hacer un osito de plastelina. Ella lenta, moviéndose cuidadosamente para que nada malo pueda suceder al tesoro que alberga.

Pienso en ella y siento la serenidad que siempre me transmiten las mujeres que están en esa fase de espera (en la que por otra parte, no queda otra que esperar, imaginar, soñar…) y me gustaría decirle que las incertidumbres y los miedos ya no desaparecerán. Que a partir de ahora serán sus compañeros de camino. Que, si bien ahora le preocupa que el niño nazca bien, más adelante será la salud del pequeño y otras muchas cuestiones que irán apareciendo. Que si bien ahora tiene miedo al dolor y a no saber estar a la altura de lo más importante que haga en su vida, más adelante será el temor a no saber ayudarle a ser autónomo, a pasarse protegiendo o exigiendo, a no encontrar el equilibrio para mostrarle los peligros, sin dejar por ello de alentarle para que se coma el mundo.

Por todo ello me ha sorprendido una de las conclusiones del último estudio de “The family watch”: “sólo al 21% de los padres les gustaría formarse para educar a sus hijos”. 

Mi experiencia es que uno va aprendiendo sobre la marcha, muchas veces a base de meter la pata. Pero también es verdad que siempre es interesante escuchar a personas que se dedican a la educación porque así descubres tu propio modo de hacer las cosas. Y entre los expertos uno encuentra de todo, como en botica. A mí me gusta escuchar y leer aunque solo sea para pensar, “este no es mi modo de hacer”. Pero, además, uno de los valores añadidos de las escuelas de padres en los que uno no piensa a priori es lo reconfortante que resulta compartir con otras personas los mejores momentos (por intensos, divertidos o dolorosos) de la aventura de ser padres.

¿Sólo el 21%? Pues están las cosas como para no querer formarse.

 

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