Un poquito de por favor

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Me dice una amiga que últimamente se indigna más de la cuenta. Ella es una persona tranquila; nunca la he visto perder los estribos y da muestras de grandes dosis de paciencia y mano izquierda con sus dos torbellinos.

Pero claro… hay situaciones que dejan a una perpleja. Una de ellas la viví yo también, pero no tuve los reflejos para actuar tan bien como ella; algo que, tengo que reconocer, me dejó mal cuerpo. Todo sucedió hace un par de días en la típica piscina de bolas, que tanto éxito tienen entre los pequeños. Acudimos allí a celebrar un cumpleaños, pero los dueños no jugaron limpio y pensaron que podían hacer el agosto celebrando media docena (no exagero) de fiestas simultáneamente. Entrar en estos locales siempre es algo caótico. Así que fue después de haber pagado la entrada de Ángel e Irene, cuando fui consciente de que aquello era una locura. Por supuesto, ya había perdido de vista a los dos, que andaban brincando embrutecidos por el circuito.

Para más inri, esa tarde, decidí llevarme a Sara sin carrito. Está en esa fase en la que quiere caminar sola. Con lo cual, mantener bajo control niños, zapatos y mochilas era… completamente imposible. Pedimos explicaciones a los responsables, que se hicieron los longuis. Y como cabía esperar apareció la policía. Mi amiga cogió a sus hijas y se marchó. Eso es lo que tenía que haber hecho yo, que me esperé a que merendaran para no ser aguafiestas.

¡No ser aguafiestas! Qué estúpida fui. Si hubiera sucedido lo que todos temíamos, me habría arrepentido toda mi vida. Está claro que cuando los padres organizamos un cumpleaños lo hacemos con la mejor intención y nunca puede uno imaginar que las cosas pueden terminar así, pero si algo así sucede hay que tener las ideas claras y reaccionar lo más rápidamente posible.

Aluciné con la policía, que en lugar de desalojar el local inmediatamente (realmente no sé si eso es posible) estuvieron una hora revisando papeles y pidiendo documentación a los monitores, que dejaron de vigilar a los niños, claro.

En fin, una situación estresante del todo. Hubo momentos en los que sentí miedo. Ojo con estas fiestas.

Días después, las dos recordábamos la escena en el parque, mientras se marchaba otra pareja de polis. Habían venido porque dos niños, el mayor de doce años, estaban zurrándose de lo lindo. ¿Qué pasa? ¿Será que el calor nos altera un poco a todos?

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