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La historia de mi parto

“Después de 34 horas en el paritorio, el parto de mi primer hijo no fue ni bonito ni horrible, simplemente pensaba una cosa: ha terminado. Y cuando mi marido dijo al día siguiente, que ahora también le gustaría tener una hija, ya ni me quedaban fuerzas para reír. Me parecía que había quedado bastante claro, que nunca nunca más, quería pasar por algo así otra vez.

Y eso teniendo en cuenta que el parto no fue nada extraordinario. Primero la rotura de aguas, después me indujeron las contracciones con la ayuda de un gotero, ya que me negaba rotundamente a un parto por cesárea y finalmente un día después me tuvieron que realizar dicha intervención de urgencia, ya que había bajado el pulso del pequeño. Lo que no sabía es que el gotero en realidad es un instrumento de tortura. De repente y sin aviso produce unas contracciones muy fuertes y artificiales. Es algo que me confirmaron todas las madres que pudieron comparar con las contracciones naturales. Cuando tuve estas contracciones, supe que nunca antes había sentido dolor de verdad.

Los grandes momentos en la vida son físicos. Nacimiento, sexo, muerte. Y como son tan primitivos y banales, no hablamos de ellos. Cuando me encontraba en el paritorio, me arrepentí de ello. No había hablado nunca con madres, es decir sinceramente, de cómo es. Me hubiera ayudado haberme preparado mejor para este día. Respirar bien por ejemplo. Lo más importante lo aprendí finalmente a base de palos. Por ejemplo que es imposible aliviar el dolor mediante la respiración. No hay nada que pueda aliviar tal dolor. Es justo lo contrario de lo que aprendemos a diario, el control y la disciplina de uno mismo. Pero es que el dar la vida es simplemente algo mucho más grande que el día a día.

Mi hijo acaba de cumplir un año. Hoy la historia de mi parto es completamente diferente. Me acuerdo del amor que sentí por mi marido, por acompañarme en estos momentos tan difíciles. Recuerdo cómo pensaba, que sin él no podría superarlo y lo agradecida que estaba. Me viene a la memoria mi pequeñito, esa criatura azúl, que me trajeron y a la que le dí un beso, simplemente porque en ese momento pensaba, que era la forma de saludar a tu hijo, con un beso. Recuerdo lo extraño que me parecía, no podía creer que acabara de salir de mi cuerpo. Pero sobre todo pienso en aquel sonido, el más puro que había escuchado nunca y que seguramente nunca más volveré a escuchar. Es el único verdadero sonido de este mundo. El primer grito de mi hijo. Este sonido me ancló para siempre en la vida.”