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Enamorada de mi hijito prematuro

“Luisa llegó demasiado pronto al mundo, pesaba sólo 1600 gramos. El embarazo no fue fácil, tuve salmonelosis, más tarde clostridios (bacterias, que aparecen sobre todo en el conducto degistivo) y finalmente pasé cuatro semanas con cuarenta de fiebre en el hospital, hasta que me diagnosticaron listeriosis, una enfermedad infecciosa provocada por bacterias.

Luisa tenía muy poco líquido amniótico y no se alimentaba bien. Mi listeriosis casi le hubiera costado la vida. Cuando de repente ya no se movía dentro de la barriga, la sacaron mediante una cesárea de urgencia. Me la enseñaron brevemente y después la metieron en la incubadora. Por todas partes había cables alrededor de nuestra hija que estaban fijados con tiritas a su cuerpo tan pequeñito. Para nuestro entorno esta imagen fue un shock. Manuel y yo como padres estábamos mucho más serenos, porque ya nos habíamos familiarizado con el tema del parto prematuro desde el principio y sabíamos ya mucho del tema.

Sin embargo, el hecho de que Luisa llegara tan pronto nos puso en apuros en lo referente a la organización, ya que teníamos previsto casarnos antes de que naciera. El hospital reaccionó de una manera muy favorable a nuestro deseo y nos posibilitó casarnos sólo un día después del parto. Las enfermeras prepararon una de las salas de espera y cuando vino la empleada del registro civil, llegó nuestra invitada de honor: Luisa. Las enfermeras la colocaron dentro de la incubadora en la “sala nupcial” y nos dieron así la alegría más grande.

Nuestra hija permaneció otra semana en la incubadora y una semana más conmigo en el área de prematuros, hasta que nos dieron a las dos el alta.

Tres años después nació el hermano de Luisa. El embarazo fue normal, hasta que cinco semanas antes de la fecha probable de parto empecé a sangrar fuertemente. Fuimos rápido al hospital, me pusieron anestesia total y veinte minutos después ya había nacido nuestro hijo. La placenta se había soltado.

Juan no respiraba cuando nació, su cuerpo estaba completamente blanco. Le pusieron una mascarilla pequeñita para poder respirar hasta que finalmente empezó a respirar solo. Pesaba sólo 1900 gramos y tuvo que permanecer dos semanas en la incubadora. Permaneció dos semanas más en el hospital, donde Luisa lo vio por primera ver Luisa. Estaba tan nerviosa, que apenas podía tocarle. Hoy los dos son dos niños sanos y espabilados y si los veo reír, pienso: ¡sus sonrisas son preciosas, los esfuerzos han merecido la pena!”