Mi hijo pega, ¿qué hago?

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Mi hijo pega, ¿qué hago?

A nadie le gusta que le digan que su hijo pega en el cole o presenciar peleas entre hermanos, pero no podemos olvidar que cuando son pequeños es normal que, a veces, expresen su frustración o resuelvan los conflictos utilizando la violencia. Nuestro deber es enseñarles poco a poco a canalizar sus emociones de otra forma.

Cuando son pequeños

Entre los dos y los cuatro años es normal que los niños expresen su ira, frustración o enfado mordiendo, dando golpes o patadas a otros niños e incluso a nosotros. Si van a la guardería seguramente aparezca alguna vez con la señal de un mordisco o un arañazo, ya que este comportamiento es tan habitual que, a veces, hasta a las “seños” les cuesta trabajo actuar antes de que alguna pequeña rencilla se salde con alguna “víctima”.

Esto ocurre porque no tienen desarrollados los mecanismos necesarios para controlar la ira o la frustración como el lenguaje, que les permite explicarnos qué les pasa y así poder ayudarles. Sin embargo, el hecho de que sea normal no quiere decir que les dejemos y mucho menos que les “riamos la gracia”. Desde pequeñitos, hay que corregirles y explicarles que eso no está bien. Por ejemplo, si ha pegado a otro niño, apartarle y explicarle en tono serio que eso ha estado mal porque le ha hecho daño al otro niño y que no puede volver a hacerlo.

¿Cómo actuar?

Lo fundamental es no perder la calma ni pegarle nosotros, ya que esto solo le enseña que los conflictos se resuelven con violencia, lo único que gana el más fuerte. Poner nombre a las emociones que siente le ayudará a sentirse mejor. Por ejemplo, “estás enfadado porque se te ha caído la torre que estabas haciendo, ¿verdad? Si quieres te ayudo a montarla de nuevo”.

Cuando son mayorcitos

A partir de los cuatro o cinco años, los peques ya tienen integrado el lenguaje y deberían haber aprendido algunos mecanismos para controlarse, aunque todavía sean bastante básicos. Sin embargo, esto no quiere decir que los comportamientos agresivos desaparezcan, solamente hay que tratar estos problemas desde una óptica diferente.

En esta etapa habría que buscar el por qué de su comportamiento. Ellos ya saben que pegar no está bien así que, ¿por qué lo hacen? Puede que nuestro hijo esté intentando llamar nuestra atención y lo demuestra así. También habría que ver si hay algún cambio que pueda estar afectándole, como la llegada de un hermano, un cambio, problemas en el cole... El tipo de educación que estemos dándole a nuestros hijos también repercute en cómo controlan su agresividad: si nos pasamos de protectores, la búsqueda de autonomía puede llevarle a manifestar comportamientos agresivos; por el contrario, la falta de normas y límites puede expresarse igualmente del mismo modo.

¿Cómo actuar?

Cuando son mayores, ya tienen la capacidad de negociar y empatizar para solucionar conflictos y eso es lo que tenemos que potenciar los padres para ayudar a nuestros hijos a controlar sus emociones. Por ejemplo, en una discusión entre hermanos en la que los dos estén acalorados, busquemos poner nombre a lo que cada uno siente preguntando qué ha pasado, dejando que cada uno exprese cómo se siente y orientándoles para que, entre ellos, encuentren una solución.

Por último, si el comportamiento agresivo es muy frecuente habrá que llevar a nuestro hijo a que lo valore un psicólogo, porque en algunas ocasiones detrás de estos actos hay problemas como el trastorno por déficit de atención o hiperactividad que requieren ser tratados por un profesional.

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