¿A quiénes se considera padres negligentes?

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Dentro de los estilos de crianza, el estilo negligente o indiferente ha de ser uno de los más dañinos para los hijos. Se lo reconoce porque se trata de padres y madres que, aun estando físicamente presentes, no se involucran lo suficiente en el cuidado de sus niños, no esperan demasiado de ellos pero tampoco están dispuestos a responder a sus necesidades. La negligencia parental es una forma de maltrato y trae muchas consecuencias negativas.

 ¿Cómo son los padres negligentes?

El problema de la negligencia como estilo de crianza es que, precisamente, consiste en una renuncia, en un no hacerse cargo de las responsabilidades que conlleva el tener hijos. Los padres negligentes se caracterizan por su falta de implicación en la educación de los hijos. Prefieren delegar en terceros la crianza de los niños, o responsabilizar a la escuela por la transmisión de buenos hábitos y valores.

¿Cómo es el trato hacia los niños?

Son padres por lo general muy distantes y ausentes emocionalmente. No suelen tener diálogo fluido con los hijos ni ser muy propensos a manifestar afecto. En cuanto a las normas y límites, si bien por lo general no tienden a marcarlos, en ocasiones ponen duros castigos para tratar de compensar un largo tiempo sin ocuparse del tema o para justificarse a sí mismos. En síntesis, el estilo parental negligente conlleva una falta de sensibilidad hacia las necesidades de los niños.

¿Qué efectos tiene la negligencia en los hijos?

Como no podría ser de otra manera, los niños criados por padres marcadamente negligentes tienen baja autoestima y una falta de empatía hacia los demás. No saben acatar reglas ni normas, y suelen involucrarse en conflictos sociales. Son niños que, básicamente, han crecido abandonados por sus propios padres.

Ejemplos de actitudes negligentes

Seguramente nadie asume de forma consciente este estilo de crianza tan perjudicial. Sin embargo, todos como padres somos proclives a caer en la negligencia, siquiera por momentos. Por ejemplo, no vigilar a un niño que está inmerso en una actividad peligrosa, y que por ello sufre un accidente. O pasar demasiado tiempo mirando el móvil, ignorando el dibujo que nuestro hijo trajo del colegio y que quiere mostrarnos. O no marcar un límite a la hora de sentarse a la mesa porque estamos demasiado cansados, y nos decimos que “da igual” que coman frente al televisor, o que se vayan a la cama sin comer.

Si bien estas actitudes, si se dan de forma ocasional y aislada no tienen por qué dañar de forma permanente a nuestros niños, debemos reflexionar sobre la gran responsabilidad que conlleva la tarea de educarlos y cuidarlos, y procurar no caer en la negligencia.

 

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